viernes, 1 de junio de 2012

EN EL DÍA DE LA VISITA DE MARÍA A ISABEL


 La leyenda de las rosas y el rosario


Una leyenda cuenta que un Hermano Lego (que no era sacerdote) de la Orden de los Dominicos, no sabía leer ni escribir, por lo que no podía leer los Salmos, como era la costumbre en los conventos de la época.
Entonces, cuando terminaba sus labores por la noche (él era el portero, el barrendero, el hortelano, etc...) se iba a la capilla del convento y se hincaba frente a la imagen de la Virgen María, y recitaba 150 avemarías (el número de los salmos), luego se retiraba a su celda a dormir.
Por la mañana, de madrugada, se levantaba antes que todos sus hermanos y se dirigía a la capilla para repetir su costumbre de saludar a la Virgen.
El Hermano Superior notaba que todos los días, cuando él llegaba a la capilla para celebrar las oraciones de la mañana con todos los monjes, había un exquisito olor a rosas recién cortadas y le dio curiosidad, por lo que preguntó a todos quién se encargaba de adornar el altar de la Virgen tan bellamente, a lo que la respuesta fue que ninguno lo hacía, y los rosales del jardín no se notaban faltos de sus flores.
El Hermano lego enfermó de gravedad; los demás monjes notaron que el altar de la Virgen no tenía las rosas acostumbradas, y dedujeron que era el Hermano quien ponía las rosas. ¿Pero cómo? Nadie le había visto nunca salir del convento, ni sabía que comprara las bellas rosas.
Una mañana les extrañó que se hubiera levantado pero no lo hallaban por ninguna parte.
Al fin, se reunieron en la capilla, y cada monje que entraba quedaba
asombrado, pues el hermano lego estaba arrodillado frente a la imagen de la Virgen, recitando extasiado sus avemarías, y a cada una que dirigía a la Señora, una rosa aparecía en los floreros. Así al terminar sus 150 saludos, cayó muerto a los pies de la Virgen.
Con el correr de los años, Santo Domingo de Guzmán, (se dice que por
revelación de la Santísima. Virgen) dividió las 150 avemarías en tres grupos de
50, y los asoció a la meditación de la Biblia: Los Misterios Gozosos, los Misterios Dolorosos y los Misterios Gloriosos, a los cuales el Beato Juan Pablo II añadió los Misterios Luminosos.
 Angel Moreno

jueves, 24 de mayo de 2012

SANTO ESPÍRITU I



El Espíritu nos conduce a la verdad

Es el Espíritu el que me hace creyente, el que me permite valorar la esencia más noble de cada persona y de cada útil, su belleza y armonía, su verdad, quien me propone movimientos generosos y, hasta que no acepto su propuesta, permanece paciente, prolongando su gemido.

Lo percibo en momentos de sosiego, como si fuera incompatible con mis movimientos hacendosos, y en el encuentro con las personas cuando me abro a ellas, receptivo. Y me desvela el tramo suficiente del camino que debo de recorrer con paz. A veces es sólo un paso más o una estancia quieta en mi propio interior. Me ayuda a interpretar la historia en clave trascendente y, así, sin caer en visiones extrañas, los acontecimientos y las personas se convierten en testigos y mediaciones que acojo como regalos del Espíritu y que me abren a la posibilidad de seguir de manera concreta el Evangelio, la voluntad divina sobre mí.

Reconozco que en mi vida ha habido algunos tramos oscuros, silenciosos, sin percibir nada favorable. Y otros en los que la fuerza interior ha catalizado toda mi persona y ha puesto al servicio de su iniciativa mi capacidad sin sensación de cansancio o de agotamiento. Es increíble, sí no fuera demostrable históricamente, el ánimo, el valor, la serenidad, la creatividad, el don que significa y que es esta presencia indefinible, más innegable.

Hoy sé que es el Espíritu quien da luz a mis ojos y a mi inteligencia y me ayuda a silenciar toda especulación desesperanzada sobre el futuro. Despierta una actitud de confianza al saber que Él conduce la historia y a cada persona. Él abriga mi vida en el seguimiento evangélico. Me sugiere a cada paso la dirección del camino. Él es, la causa de haberme encontrado con Jesús y de invocar su nombre. Quedamente me susurra el nombre del Padre: misericordia, amor, familia. Me presta la brújula del gozo y de la paz en los aciertos y de la ansiedad y tristeza en mi egoísmo.
El Espíritu sopla donde quiere, es viento y también fuego, ardor que me hace tender al AMOR.


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